Feliz Día Mundial de la Poesía 2020 – Las horas del día

¿Cómo son las 24 horas de alguien que escribe? Os comparto este poema de El cielo y la nada donde glosé las de un yo poético no tan lejano a muchos de nosotros. Tampoco es que antes saliéramos demasiado a la calle, pero cómo se echa de menos. Ánimos y fuerza.


LAS HORAS DEL DÍA

A Sol

A medianoche, un vehículo pesado recorre el exterior, la luz cenital se balancea y su fulgor se descompone en un prisma irisando su cuerpo antes de extinguirse.

A la 1 combato el insomnio jugando mentalmente con las palabras, construyo sinsentidos y las desplazo adelante y atrás en el poema como un basculante diente de leche.

A las 2 los sueños germinan en mi cabeza dibujando una gran parrilla televisiva, pero no puedo escoger aquellos que prefiero.

A las 3 irrumpen en el metraje antiguas amantes y disfruto deteniéndome ahí como en una vieja película de enredos.

A las 4 un desconocido llama por teléfono en mitad de la noche: al oír mi voz sabe que ha equivocado el número, pero me pide que escuche su historia para poder olvidarla.

A las 5 subo a la azotea, la ciudad duerme embozada en su manto oscuro y contemplo absorto su silueta como un gato negro pensando en su siguiente reencarnación.

A las 6 descubro entre la polución una estrella solitaria, quién sabe si explosionada hace millones de años, se contonea pálida tratando de ser recordada: su temor es el mismo que el nuestro.

A las 7 la observo ducharse y se mantiene unos segundos más bajo el agua, aun cuando sabe que ya no hay restos de jabón sobre su cuerpo.

A las 8 nos despedimos, anoto en el margen de un pedazo de diario cuatro versos sobrevenidos y los protejo tras la cubierta de un libro perdiéndolos para siempre.

A las 9 acumulo los encargos pendientes sobre el escritorio, tomo paciente el primero y las pilas se desmoronan sepultándome entre errores ortográficos.

A las 10 escribo, borro, garabateo, me meso los cabellos, observo la caída de diminutos copos blancos en el interior del pisapapeles y empuño el lápiz por el estudio como un zahorí desorientado.

A las 11 hallo un par de versos a los que poder aferrarme y vuelvo a engañarme pensando que la lucha tiene sentido.

A mediodía me siento perdido, finjo ser un ave del paraíso, hundo la cabeza entre las piernas y giro sobre mi propio eje abriendo un orificio al exterior.

A las 13 tomo asiento en un parque, las cotorras parlotean sin cesar y un pequeño roedor se detiene frente a mí calibrando de qué modo portearme a su despensa.

A las 14 trazo un círculo a mi alrededor, tallo minucioso su nombre en un hueso de animal y lo lanzo contra el viento invocando su presencia.

A las 15 recibo un mensaje de texto: ella también me echa de menos.

A las 16 llueve débilmente moteando el asfalto y salto circunspecto de un lugar a otro como en las tomas falsas de un confuso musical soviético.

A las 17 la tormenta arrecia y doblar cada esquina es adentrarme en el cabo de Hornos.

A las 18 anclo en una cafetería, la camarera pliega un mantel de damasco rojo hasta fundirlo con su esmalte y me atrinchero tras un libro esperando su venida.

Al atardecer, las ventanas se buscan unas a otras encendiéndose sin fin como en un inacabable juego de espejos.

A las 20 erramos juntos por las calles empapadas, la rodeo por la cintura y nos alejamos del cian del lienzo ocultándonos tras el marco.

A las 21 aún quedan manchas de día en las esquinas y un perro vagabundo orina sobre ellas trayendo la oscuridad consigo.

A las 22 nos desvestimos, ella me muerde levemente el pómulo y desordeno las pecas de sus mejillas creando nuevas constelaciones.

A las 23 duerme como la hiedra enredada entre mis brazos, me deslizo bajo un delgado brote y regreso a la azotea buscando el latir de la vieja estrella.

A medianoche, el levante escampa la niebla alumbrando candilejas sobre nosotros, sello al fin los párpados y siento que la vida es interminable como una ciudad portuaria china.

Feliz Día Mundial de la Poesía 2019

Casa Quintana - Toni Quero baja

Esta es la habitación donde Antonio Machado pasó sus últimos días. La cama, según me dijeron, es la misma en que falleció. En el lecho contiguo dormía su madre. A la izquierda puede intuirse la ventana y, si la memoria no me falla, podía contemplarse el mar.

La foto la tomé hace diez años cuando obtuve el Premio Internacional de Literatura Antonio Machado de Collioure. Hoy es un buen día para traerla a la luz. Fue una de las raras ocasiones en que el actual propietario de la Casa Quintana accedió a que fuera visitada. Al año siguiente se publicó mi primer libro, Los adolescentes furtivos, que tuvo buenas críticas pero nula distribución y hoy está descatalogado. A finales de mayo, nueve años después, se publicará mi segundo libro de poemas, El cielo y la nada, con el que he tenido la suerte de ganar el Tiflos.

Ahora que, con razón, se pone en cuestión los certámenes literarios, yo sólo puedo decir que, en tres ocasiones, tuve la fortuna de que mis propuestas fueran las elegidas, aun siendo un completo desconocido para el jurado. Creo que es importante señalarlo porque, pese a la crisis perpetua del sector editorial, sigue habiendo premios y jurados que arriesgan y apuestan por un texto antes que por un nombre. Sin embargo, también sé que no es algo tan importante, la nómina de autores que obtuvieron un premio es tan extensa como la de los que no y, obviamente, tampoco te convierte en mejor o peor escritor, te facilita publicar sí, pero poco más, su visibilidad es efímera. Si algo he aprendido es que para salir en la foto hay que estar en constante movimiento y a algunos no sólo no nos interesa sino que, además, tenemos un horrible movimiento de caderas.

De los tres (el tercero fue el Dos Passos de narrativa) siento especial cariño por el primero, el año que viene se cumple su décimo aniversario y me encantaría reeditarlo. Este año, sin embargo, vamos a intentar hacerlo mejor y llevar El cielo y la nada a cualquier parte donde los amigos me inviten o allá donde quieran escucharlo.